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Rafael Guastavino, a Master Builder Behind the Architecture
The National Building Museum exhibition looks at the history and work of Rafael Guastavino, a
little-known builder whose vaults cover more than 600 buildings in the U.S.
By WANDA LAU

The next time you walk into a space exuding a sense of history and grandeur, look up. If the ceiling overhead comprises masonry tiles
arranged in a herringbone pattern and raised mortar joints, you may be due a free lunch with MIT architecture professor and 2008
MacArthur fellow John Ochsendorf, the organizer behind Palaces for the People: Guastavino and America’s Great Public Spaces. Now on
view at the National Building Museum (NBM) in Washington, D.C., the exhibition is the first major show about Guastavino’s legacy in
American architecture. More than 600 buildings in 36 states—including such iconic structures as Grand Central Terminal and the
Washington National Cathedral—are known to contain the soaring arches, vaults, and staircases built with the distinctive lightweight, self-
supporting, and virtually indestructible clay masonry tiles.

Rafael Guastavino emigrated to the New York with his son, Rafael Jr., in 1881. Unable to find work as an architect, Guastavino leveraged
his experience as an established master builder in Barcelona, says architectural historian and NBM curator Chrysanthe Broikos.
Embracing the American enterprising spirit, Guastavino patented a tiling system based on the traditional building methods behind
Catalan vaulting. From 1881 to 1962, Guastavino Co. worked on projects across the country with architects who were drawn to the
system’s structural and fireproof properties, as well as the tiles’ aesthetic. Through Guastavino’s construction methods, “the grand
visions of architects were able to be built for much cheaper,” Broikos says. “Guastavino was integral to informing what great buildings
could be.”

With 25 patents ultimately to their name, the father and son raced to keep up with the changing times in architectural design and
construction. Examples of their innovations, in everything from acoustical and decorative products to material handling, are on display
along with historical drawings, records, tile samples, and project photographs. Don’t miss the built-on-site masonry vault, a half-scale
replica of a ceiling vault at the Boston Public Library, Guastavino’s first American commission and where this exhibition debuted last year.

Before scheduling your lunch with Ochsendorf, check guastavino.net to see whether someone else has already documented the
potential Guastavino vault. If so, the free lunch is off the table. (Disclosure: My nearly decade-long quest to discover a vault began when I
was one of Ochsendorf’s graduate students. It has been in vain.) Through Jan. 20, 2014. • palacesforthepeople.com

Editor's note: This article was updated since first publication to clarify the terms behind the free lunch.




































El olvidado arquitecto valenciano que huyó de España y construyó media ciudad de Nueva York
El constructor español es responsable de mil edificios históricos de Estados Unidos, algunos tan importantes como la Grand Central
Terminal, de los cuales hoy todavía siguen en pie unos 600. En Estados Unidos alcanzó la fama a finales del siglo XIX y fue admirado
después por personalidades de la talla de Jacqueline Kennedy, sin que en su país natal supiéramos de su existencia hasta 2016
Israel Viana







































«El arquitecto de Nueva York». Así le apodó «The New York Times» cuando falleció el 2 de febrero de 1908, cuando contaba con tan
solo 66 años. Quién sabe de qué hubiera sido capaz este incansable trabajador valenciano si hubiera vivido veinte años más, tras
alcanzar la fama en Estados Unidos, sin que en España se le hiciera el más mínimo caso hasta más de un siglo después.

En concreto, hasta que en 2016 un documental dirigido por Eva Vizcarra, y que ganó el Delfín de Oro en Cannes, recuperara la figura de
Rafael Guastavino. Prueba de ello es que, desde su nacimiento en Valencia el 1 de marzo de 1842 hasta su llegada a Nueva York en
1881, en la prensa española apenas encontramos seis pequeñas menciones del ilustre y desconocido protagonista de esta película.

Que si «Guastavino ha recibido el encargo de arreglar el local de la Exposición Marítima de Barcelona» (« Gaceta de los Caminos de
Hierro»), que si «los elegantes proyectos arquitectónicos de Rafael Guastavino son justamente elogiados» (« Almanaque de El Museo
de la industria»)... y poco más. Mientras que desde 2016, no parece haber término medio en lo que a su reconocimiento se refiere. O se
le ignora por completo o se le atribuyen en exclusiva obras en los que participó más como constructor que como arquitecto.

360 edificios en Nueva York
Lo que parece ignorar casi todo el mundo actualmente, sin embargo, es que Guastavino es el responsable de 360 edificios en Nueva
York, más de un centenar en Boston y otros tantos en Baltimore, Washington y Filadelfia, además de algunas ciudades de Canadá y
Cuba. Todo ello desde que empezó a trabajar como arquitecto en su ciudad natal en 1866, tras aprender el oficio en la escuela de
Maestros de Obras de Barcelona.

Llegó a la Gran Manzana a comienzos de 1881 junto a su hijo de nueve años, con 40.000 dólares en la maleta y sin saber una palabra
de inglés. Le acompañaban su ama de llaves y las dos niñas de ésta. Se cree que huyó de España y se refugió en Estados Unidos por
una serie de problemas personales. En concreto, sus continuas infidelidades y el hecho de que, a raíz de estas, su mujer le
abandonara y se marchara a Argentina con sus otros dos hijos. Aquello hizo crecer su descrédito social en Barcelona, donde ya era un
arquitecto respetado y consolidado por las sensacionales obras de la fábrica textil Batlló y el Teatro La Massa, en Vilassar de Dalt.

























El arquitecto valenciano pensó entonces que su carrera se vería afectada por
aquellos escándalos y decidió marcharse a la Gran Manzana. Tal fue su
convencimiento que jamás volvería a pisar suelo español, encarnando como
pocos el sueño americano. Algo que él mismo buscó desde el inicio de su
carrera había, participando en todo tipo de exposiciones nacionales e
internacionales. De hecho, ya había estado en Estados Unidos en 1876 para
participar con gran éxito en la Exposición del Centenario de Filadelfia.

Al otro lado del Atántico vendió las bondades de la bóveda tabicada española, un sistema de construcción muy popular en el que se
utilizan capas de ladrillos finos para construir estructuras muy ligeras, pero de gran resistencia. Esa fue su tarjeta de entrada cuando
llegó a Nueva York en un momento crítico en la historia de la arquitectura, después de los incendios gigantescos sufridos en Chicago y
Boston en 1871 y 1872.

Aquella tragedia produjo 300 muertos, arrasó 76 edificios y 26 hectáreas del centro de ambas ciudades y dejó a más de 10.000
personas sin hogar. Tal fue la tragedia que pronto se puso en tela de juicio la seguridad de las estructuras de madera con las que se
construían la mayoría de los edificios. Así que él trajo la solución: una versión mejorada de las bóvedas tabicadas que había
presentado en Filadelfia, con piezas cerámicas planas que se empleaban desde tiempos antiguos en la arquitectura del Mediterráneo,
pero más baratas, rápidas de construir, sólidas y, sobre todo, ignífugas. Con esta última característica se dice que salvó la vida a miles
de estadounidenses.

La intención de Guastavino al llegar a Estados Unidos fue la de hacerse un hueco como arquitecto y lograr el mismo prestigio que tenía
en la Comunidad Valenciana y Barcelona. Consiguió firmar algunos proyectos, pero la suerte no le sonrió mucho en este sentido. La
verdadera oportunidad no le llegó hasta un tiempo después, cuando fue contratado por el estudio de arquitectura más importante de la
época ( McKim, Mead & White), a los que se ofreció para construir gratis la bóveda de la Biblioteca Pública de Boston con su técnica, la
primera pública y municipal de América del Norte.

La demostración pública
Fue una hábil estrategia del arquitecto valenciano, puesto que sabía que aquello le daría la fama que necesitaba para que le surgieran
más trabajos como aquel. Como revela el documental dirigido por Eva Vizcarra, « El arquitecto de Nueva York» (2016) –en referencia al
calificativo del «The New York Times»–, Guastavino construyó aquella bóveda en un lugar público, llamó a la prensa y le prendió fuego
para demostrar que era resistente a la llamas. Así consiguió captar la atención de los medios y las constructoras.

Y lo consiguió, porque los contratos a partir de ese momento fueron cada vez más numerosos e importantes. Y las aportaciones tanto
de Rafael Guastavino como de su hijo, que heredó la empresa que mondo (Guastavino Fireproof Construction Company) y siguió
trabajando bajo el mismo nombre hasta 1962, impresionantes. Antes de que acabara el siglo XIX, montó también una fábrica a las
afueras de Boston para elaborar los ladrillos y azulejos policromados y ya era la responsable de la espectacular Sala de Registro del
edificio de inmigración de la isla de Ellis (1900), que se construyó para reemplazar el anterior de madera que habían sufrido un incendio
en 1897. Resulta curioso pensar que aquel inmigrante español fuera el autor de la impresionante bóveda que se constituyó como
puerta de entrada al país de millones de inmigrantes hasta hace no mucho.

A estas se sumaron otras mucha proezas, entre las que había bibliotecas, iglesias, edificios gubernamentales, museos, universidades,
auditorios, estaciones de metro y ferrocarril, puentes, túneles, hoteles y edificios privados. Al final acabó superando los mil edificios en
todo el continente americano, de los cuales hoy todavía siguen en pie unos 600. Para que se hagan una idea, en 1910 participaba
simultáneamente en la construcción de 100 de estas construcciones en 12 ciudades diferentes de Estados Unidos.

Grand Central Terminal
Las aportaciones de este arquitecto valenciano son tan impresionantes que sorprende su falta de reconocimiento. Hasta 1972 no es
citado en ningún libro de arquitectura y la primera tesis sobre su obra no se realizó hasta 2004. En 2008 se le dedicó una exposición en
el Massachusetts Institute of Technology (MIT). En 2014, otra en el Museo de la Ciudad de Nueva York, bajo el nombre de «Palacios
para el pueblo: Guastavino y el arte del alicatado». Ninguna en España, donde por lo menos se rodó el documental de Eva Vizcarra.

La mayoría de los edificios que construyó están en Boston y, sobre todo, en
Nueva York. Dicen que resulta imposible escapar de la sombra de sus
edificios si uno pasea por la Gran Manzana. El archiconocido Oyster Bar &
Restaurant y la contigua «Galería de los Susurros» de la Grand Central
Terminal de Nueva York, que cada año recorren millones de turistas, son
suyas. Esta última, además, era el rincón preferido del mito del jazz Charles
Mingus. También se puede ver su mano en la Sinagoga Emanu-El y en la
catedral de San Juan el Divino, que contiene muchas bóvedas y escaleras de
Guastavino, además de la gran cúpula central de teja, con sus 33 metros de
luz y 50 de altura aún imperturbable a pesar de las críticas en los periódicos
de la época.

Se pueden destacar, asimismo, su intervención en la Iglesia Episcopal de San Bartolomé, ubicada en la Quinta Avenida; en el famoso
Hospital Monte Sinaí, aquel que inmortalizó el escritor José Luis Sampedro en «Fronteras»; en la estación de metro City Hall, de 1904,
hoy inactiva pero convertida hoy en un lugar de peregrinación para amantes de la arquitectura, y en las arcadas abovedadas bajo el
famoso Puente de Queensboro, construido en 1909 y popularizado por Woody Allen años después en la película «Manhattan». Y no
podemos olvidar la autoría de Guastavino de las bóvedas del mítico Carnegie Hall y las del Museo Americano de Historia Natural, en
Nueva York, o las del edificio de la Corte Suprema de Estados Unidos, en Washington.

Jacqueline Kennedy Onassis
El reciente descubrimiento de los restos en la estación Pensilvania ha hecho reflotar de nuevo su figura de cara al gran público, aunque
sin alcanzar la notoriedad de otros arquitectos como Santiago Calatrava. Pero lo cierto es que todo el mundo coincide en que, sin
Guastavino, muchos edificios históricos de Estados Unidos se habrían perdido .

El dramático derrumbe de esta joya de la arquitectura, construida en 1910, cuya desaparición los neoyorquinos aún lamentan, permitió
salvar la estación Gran Central. Fue a raíz de una campaña liderada nada menos que por Jacqueline Kennedy Onassis, la cual acabó
ante el Tribunal Supremo. En junio de 1978, la justicia prohibió su demolición y sentó las bases para las futuras leyes de protección del
patrimonio.


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